El “cartón”

Ayer Sol me preguntó por mi titulación, que si me habían entregado mi “cartoncito”, porque (juzgando por su voz) consideraba que el reconocimiento privado no era suficiente para su hija chica, su hija mamá. Le respondí que en noviembre había una ceremonia formal y ella y mi papá estaban invitados. Alzó su voz aguda de felicidad y me tuve que cambiar el celular de oreja varias veces.

– “¡Que el niño falte al colegio ese día, para que la vea!” – dice ella y pienso que al llegar noviembre ya no lo quiera llevar a ninguna parte o tal vez sí, pero no donde esté yo.

Puede que ni quiera despertar o tal vez se levante en piloto automático, pero mientras lava los platos va a llorar mucho, escondida, hasta que los ojos verdes y la nariz pequeña se le revienten. Probablemente le invente una excusa a mi papá como que está enferma o algo más real, como que ya no hay ceremonia.

Sé que es un momento simbólico, el trámite institucional de un logro concretado hace tiempo , pero aun así siempre quise ver una boina anticuada en un señor barbón a lo lejos en ese momento. Y como no, a la mujer que se ha partido la espalda, la cabeza y corazón para que sus tres hijas logren lo que ellos no, ser profesionales y llevar una vida sin tantos altibajos.

Y los entiendo bien. Ellos saben lo difícil que es el camino cuando la necesidad y la falta de oportunidades estancan el desarrollo personal y hay que trabajar con urgencia, no en 5 años más. Tiempos donde la mujer no se cuestionaba mucho su rol y se adaptaba a él con o sin vocación, con o sin felicidad del alma. Y anda tú a arrepentirte, porque no, había que “aperrar” calladita hasta el final, “morir en la rueda”, como dicen.

Yo no me quedo callada y aunque siempre aspiro a un relativo orden para construir mi vida, nunca lo he hecho en función del resto. Con o sin presiones, le hago caso a lo que me acelera el corazón, a lo que me da paz y me hace despertar con ganas de vivir otro día. A esos sentimientos profundos que sé estando en otro lugar, en otro momento y con otras personas, no podría abandonar.

No se puede vivir añorando. No se puede estar en varios lugares a la vez ni engañar (se) por mucho tiempo. La verdad siempre se escapa: Si no es por la boca es por los poros, los gestos, la ropa, las manos y las uñas; los kilos de menos o de más; la piel y sus olores.

Todo habla y yo espero cada vez que vienes a Santiago que resuene en ti algún detalle mío y cuánto necesito ese último abrazo que lo confirme todo.

Aceptaré meses o años de silencio y lejanía, incluso de odio, pero espero que con el tiempo entiendan que lo logré y que soy más feliz que nunca con esta vida poco convencional a ojos del resto. pero real y fiel a lo que soy.