Chile somos todos

En estas fechas, se nos ablanda el corazón y le vemos todo lo lindo al Chile que odiamos el resto del año. Por estas mini vacaciones, soportamos todo: El “taco”, las filas, el despilfarro y la acidez estomacal. Los borrachos son folclor y nos sentimos pueblo por zapatear una cueca y menearnos con una cumbia. Y si terminamos más gordos no importa, porque la llegada del lunes nos va a equilibrar el metabolismo a punta de estrés.

En fiestas patrias, los políticos construyen discursos lúcidos, llenos de conciencia social y esperanza y uno se emociona como niño ingenuo mirando las transmisiones idénticas por televisión abierta. Qué alegría…por fin este pueblo tan maldito en la convivencia y/o indiferencia diaria tiene posibilidades de quebrarse y ese “Nuevo Chile” llegará antes de que seamos demasiado viejos para disfrutarlo.

¿Cuántas autoridades en estos actos oficiales sentirán un compromiso sincero con su pueblo, aun estando en el lado de los favorecidos? Trato de pensar que ni todo el patrimonio económico, influencia y poder resuelven sus problemas y que la cabeza también les trabaja para solucionar sus propios desastres íntimos y en la ducha piensan el día que se les viene encima.

Es triste reconocerlo, pero cruzo los dedos porque nuestras familias hayan visto el discurso y escuchado la lista de grupos que conforman el Chile de hoy y las luchas que libran a diario por una vida más justa. No saben o no quieren saber, pero dentro de ellas, también estamos nosotras. No importa si les gusta o no, pero quiero que lo sepan de todas las bocas posibles y les entre aunque sea por cansancio.

Si me regalaran un deseo “dieciochero”, sería llegar con ella del brazo a una comida familiar y compartir con ellos todo lo lindo que le está pasando a nuestras vidas. Pero más que verme a mí en ese cuadro, la imagino a Ella, a sus papás abrazándola y dándole besos en el pelo. No pierdo la esperanza de ver su cara reconfortada, agradeciéndole a la vida por un poco de justicia tardía, pero cierta.

Casi siempre es así por acá, tienen que explotar tragedias para que surjan soluciones concretas. Ley Zamudio, Ley Emilia, y vamos sumando leyes con nombres de víctimas de la injusticia y la omisión. Qué bueno que la pena no es causal de muerte, porque esa ley tendría un nombre infinito de todos lo que no pudieron vivir la vida en el país que amaron, al que le dieron una oportunidad, el que no quisieron cambiar por uno “mejor”.

Por mi parte, me quedo. No me resigno a ser una pobre infeliz auto-exiliada por mis miedos.

Quiero mi vida plena y la quiero acá.

Entonces, ¿Qué eres tú?

Varias amigas creen que todos los seres humanos somos bisexuales y que si no lo hemos experimentado es netamente por un tema cultural. Yo pienso que es difícil definir categorías sexuales, porque muchos ni siquiera buscan encajar en alguna de ellas y viven tranquilos desapegados de cualquier normativa social, moral o cultural.

Como pienso que existen tantas posibilidades como personas en el mundo, no defiendo con pasión mi postura y sólo busco las respuestas que me ayudan a vivir una vida feliz, tranquila y cuidadosa, para no dañar a costa de mi felicidad a quienes amo.

“Entonces, ¿qué eres tú?”, me han preguntado (cuando son cercanos no me molesta), pero no deja de parecerme una duda mal formulada. Lo primero que pienso es soy muchas cosas y sólo una de ellas tiene que ver con mi orientación sexual: Soy mujer, mamá, periodista; soy perseverante, tímida con los desconocidos y desenvuelta con los míos, entre millón de otras cosas buenas y no tanto.

Pero, ¿En qué medida el amar a otra mujer me determina como persona?, ¿Me suma o me resta algo?, ¿Es relevante ese dato para alguien que no es mi pareja? Lo deprimente de estas preguntas es que podría recibir un “sí”. Amar a otra mujer probablemente me cueste perder muchas de las victorias que pude tener hasta hoy y deba aceptar las consecuencias de este repentino cambio de imagen.

¿Volveré a ser nombrada en la mesa como ejemplo de perseverancia?, ¿Dejaré de ser vista como una buena mamá? y finalmente, ¿Tendré que dejar de lado al amor de mi vida para conservar este aprecio? Después de dos años pensándolo, me parece triste e injusto estar dispuesto a negarse con tal de recibir amor y respaldo de tu núcleo cercano. El amor no vale nada si no existe confianza y verdad entre las partes.

He amado dos veces y ambas historias han sido reales. No sirvo para guardar apariencias y no puedo con incomodidad de la omisión. Con 26 años, hay sólo un miedo que me frena y es el de evitar por todos los medios que mi hijo reciba toda la mierda de esta sociedad. Me aterra pensar que deba enfrentarse al mundo a tan corta edad, pero también sé que no puedo evitarle todas las penas y dolores que implica crecer y conocer la realidad en toda su dimensión.

De cualquier forma, no hay salvación: Si no es por gordo, será por flaco, dientón, colorín o moreno. Si es guapo tal vez lo tildarán de gay y si es buen alumno será el “loser”. Afortunadamente, no nos construímos en base a los calificativos que se nos adjudican a lo largo de nuestra vida, sino sería horrible: Seríamos un Frankenstein de lindo pelo, ojos rojos, buenas piernas y cara fea. Yo creo que ni la mente más creativa puede llegar a imaginar todo lo que se ha dicho sobre nuestra propia humanidad.

Yo como mamá, periodista, blanca que ama a morena, pecosa y sin muchas curvas, soy muy feliz. Y si a la vista de esos ojos café/ojerosos/hermosos soy la más linda, no necesito más.

 

Metros de distancia

Un beso es las escaleras de Manuel Montt hicieron que mi día terminara de manera esplendorosa. Yo sé, no te acomoda la desventaja en cualquiera de sus formas y siempre prefieres resguardarnos de los demás. Mi impulso en cambio, siempre busca la confrontación, disparar la verdad aún ante el más monstruoso de los contendores y me lanzo a la pelea aunque nadie apueste por mí.

Pero esos pequeños actos de rebeldía, besos, manos tomadas en la calle (sin contar las escondidas en los bolsillos o luego de unos mojitos) son para mí como dos granitos de azúcar en una taza de té que no necesita ser más dulce, ni potenciar su sabor ante la competencia. Simplemente no hay competencia para nuestro té de hojas remojado en tibias tardes de domingo en tu casa.

Son sólo 9 días desde que no corro a carcajadas por ahí, escapando desenfrenadamente de tus nervios, que me estrujan y me hacen dormir con la sonrisa amplia que contigo se muestra sin ningún complejo. Cuánto amo reírnos todo el tiempo y que no exista la categoría de “cosas ridículas que hago sola”, como bailar envuelta en una cantidad ridícula de jabón o rodeando toda la casa.

Ser tu sombra y acoplarme a tu espalda mientras caminas, rodilla con rodilla y pecho con espalda. Darte un beso en el cuello mientras lo hago. Medir fuerzas y ganarte de pura pica. A veces perder porque porque tus dientes blancos muerden sin piedad. Enojarme, salir indignada y tocar el timbre a los cinco segundos.

Diez años después, todo ha sido un perfecto descubrimiento. Esos días silenciosos envueltos de miedo a TODO, de mí muda e “indiferente” ya no son más. Tres meses y un verano no eran lo necesario ni menos lo justo para nosotras. Siempre lo sentí y nadie le ganó a mis pequeñas verdades. No iba a ocupar otro lugar, ni tú lo ocuparías para mí.

Un vacío que sin quererlo encapsuló tan bien una historia, que me hacía tiritar mientras subía las escaleras de Baquedano. Ahí venías otra vez, sencilla, perfecta, intacta. Se rompió el silencio y explotó absolutamente todo.

–  “Te amo mucho” – leo en tus labios lindos desde la boletería

– “Yo también a ti” – responden los míos al otro lado del torniquete.

Bajo al andén y tú subes a la calle, pero volvemos a mirarnos sincronizadas y con las comisuras decaídas repetimos sin sonido:

– “Te amo mucho”.

– “Yo más a ti”.

Bajo dos escalones, se calientan los ojos y las luces de los trenes se alargan.