Metros de distancia

Un beso es las escaleras de Manuel Montt hicieron que mi día terminara de manera esplendorosa. Yo sé, no te acomoda la desventaja en cualquiera de sus formas y siempre prefieres resguardarnos de los demás. Mi impulso en cambio, siempre busca la confrontación, disparar la verdad aún ante el más monstruoso de los contendores y me lanzo a la pelea aunque nadie apueste por mí.

Pero esos pequeños actos de rebeldía, besos, manos tomadas en la calle (sin contar las escondidas en los bolsillos o luego de unos mojitos) son para mí como dos granitos de azúcar en una taza de té que no necesita ser más dulce, ni potenciar su sabor ante la competencia. Simplemente no hay competencia para nuestro té de hojas remojado en tibias tardes de domingo en tu casa.

Son sólo 9 días desde que no corro a carcajadas por ahí, escapando desenfrenadamente de tus nervios, que me estrujan y me hacen dormir con la sonrisa amplia que contigo se muestra sin ningún complejo. Cuánto amo reírnos todo el tiempo y que no exista la categoría de “cosas ridículas que hago sola”, como bailar envuelta en una cantidad ridícula de jabón o rodeando toda la casa.

Ser tu sombra y acoplarme a tu espalda mientras caminas, rodilla con rodilla y pecho con espalda. Darte un beso en el cuello mientras lo hago. Medir fuerzas y ganarte de pura pica. A veces perder porque porque tus dientes blancos muerden sin piedad. Enojarme, salir indignada y tocar el timbre a los cinco segundos.

Diez años después, todo ha sido un perfecto descubrimiento. Esos días silenciosos envueltos de miedo a TODO, de mí muda e “indiferente” ya no son más. Tres meses y un verano no eran lo necesario ni menos lo justo para nosotras. Siempre lo sentí y nadie le ganó a mis pequeñas verdades. No iba a ocupar otro lugar, ni tú lo ocuparías para mí.

Un vacío que sin quererlo encapsuló tan bien una historia, que me hacía tiritar mientras subía las escaleras de Baquedano. Ahí venías otra vez, sencilla, perfecta, intacta. Se rompió el silencio y explotó absolutamente todo.

–  “Te amo mucho” – leo en tus labios lindos desde la boletería

– “Yo también a ti” – responden los míos al otro lado del torniquete.

Bajo al andén y tú subes a la calle, pero volvemos a mirarnos sincronizadas y con las comisuras decaídas repetimos sin sonido:

– “Te amo mucho”.

– “Yo más a ti”.

Bajo dos escalones, se calientan los ojos y las luces de los trenes se alargan.