Llegó el día: Le conté a mi mamá

Mamá y yo

Ya van a ser casi tres semanas desde que me acerqué a ella, la miré y dije: “Ya no puedo mentirte más, no lo soporto”.

Planifiqué tantas veces el momento, las palabras, el lugar, pero nunca dudé de la forma: Tenía que ser frente a frente. Pensaba en invitarla a un café, pero tal vez al mirar su cara complacida iba a preferir tragarme las palabras (aunque la garganta se me hubiera contraído hasta el atoro). Además, ¿cuál es el sentido de un preámbulo tan dulce si va a terminar con una declaración tan amarga? También pensé juntarnos en Parque Bustamante, pero no quería que al mirar a los niños jugando recordara las muchas veces en que yo avanzaba por las barras, tratando de batir mi record con las palmas rojas y con olor a metal.

Imaginaba sus ojos verdes de perfil, que tienen pestañas cortitas y tiesas; en las canas que se asoman debajo de la boina que tanto le gusta usar. Sentía tanto miedo de ese momento en que se levantara de cualquier asiento en el que estuviéramos y ver como se alejaba y la distancia entre nosotras crecía, infinitamente. Me dolía pensar en ella, construyendo por ahí teorías y razones del por qué su hija menor se había enamorado de otra persona “igual que ella“.

Llevaba varios días con la idea de que era el momento. En un par de meses se cumplirán tres años de relación con Ella; treinta y cuatro meses de ser muy feliz y no poder expresarlo a quienes más querían escucharlo. Estaba en Santiago y ellos ya no, pero mis días de agotamiento ahora encontraban unos brazos me reponían de toda esa energía gastada. Me sentía – y aún me siento – completamente amada, como uno siempre sueña que lo será algún día. Y yo, adorando como nunca antes a un ser humano, a una compañera en toda su dimensión.

Son las 4 p.m del primer sábado de Febrero y mi mamá lava los platos del almuerzo. Yo estoy sentada en el sillón del living y la veo de espalda. No me gusta que tenga 60 años y siga refregando los platos de todos los que comemos. Usa una polera sin mangas y tiene los brazos muy quemados por el sol – no bronceados – porque es blancucha, igual que yo. Tiene las piernas delgadas y su contextura es tremendamente parecida a la mía. Eso si, ella es mucho más bonita y, a mi edad, me pegaba cien mil patadas en la raja en sus fotos con bikini de calzón grande en la playa de Constitución.

Me levanto del sofá, camino hacia ella y me paro a su lado.

” -Ya no puedo mentirte más” –  y la miro, queriendo identificar alguna expresión en su cara.

” -Dígame pues, ¿qué pasó?, ¿por que está así? – responde tranquila.

“- Es que tengo miedo, no me atrevo”.

Mi hermana sale del baño, me doy vuelta y me desplazo sin rumbo por el living para disimular. Pasa un buen rato y de nuevo quedamos solas con mi mamá. Con un gesto de mano, me dice que vaya y entre a su pieza.

“Listo, ahora dígame, ¿qué pasa?”

“Es que no me atrevo, me da miedo” –  y muevo las piernas con una sonrisa nerviosa y ridícula que veo en el espejo de la toilette.

” – Está con alguien, ¿es eso?”.“Si fuera eso, no sería tan terrible. Sería muy normal”.

” – Está con alguien igual que usted”.

Asiento con la cabeza y con los ojos llorosos le pido que , por favor, no me deje de querer. Que soy la misma persona que conocía hasta ese preciso momento.


“¿Cómo la voy a dejar de querer? Yo la amo, la adoro y eso nunca va a cambiar. Usted es mi hija y yo, aunque a veces no comparta su forma de hacer las cosas, siempre voy a estar ahí para decirle mi punto de vista y tome lo que usted decida tomar”. 


No necesito explicar en detalle lo que pasó después de esa conversación con ella. Desde ese día, siento como el cuerpo y la mente me pesan menos. Sin ninguna duda, tener esa reacción de su parte fue hermoso e inesperado. Sin embargo, la “aprobación” y el apoyo de ella y los demás no es, en ningún caso, la confirmación de que no estamos tan equivocados.

Se hacía tarde y tenía que volver a Santiago. Metí mis cosas en la mochila y me subí a la moto con mi papá, porque los buses quedan un poco lejos de la parcela. Con el casco puesto, miro hacia atrás y ahí está ella, en el frontis de la casa mirándome dulcemente como queriendo decir:

Vaya tranquila, todo va a estar bien. Te amo, hija. 

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El “agravante” gay

De todas las reflexiones que ha publicado Camila Gutiérrez (Joven y Alocada) en su cuenta de Facebook, hay una que siempre se me viene a la cabeza porque tiene mucha verdad: Pueden existir cientos de aberraciones, conductas reprochables, crímenes y errores comunes y corrientes, pero si quien los realiza pertenece al mundo LGBT, se vuelven doblemente terribles. Puede tratarse de un caso en un millón, pero la cobertura de los medios se multiplica y, a partir de una situación puntual, se construye una imagen generalizada de toda una comunidad.

Aunque el maltrato intrafamiliar exista desde el inicio del hombre, la promiscuidad, la gente inestable, sin estudios universitarios y todo tipo de situaciones/circunstancias de plano negativas o mal miradas en sociedad, si provienen del mundo “cola” adquieren una visibilidad suprema. La noticia es publicada en redes sociales y se disparan los comentarios de justicieros, ciudadanos ejemplares e intocables que, desde su estado civil, religioso y moral “favorecido” se apartan de estas aberraciones.

Pienso en todo esto por una situación particular que se generó la semana pasada. “Nicolás tiene dos papás” es el primer cuento chileno que habla sobre una familia homoparental y que será distribuido en 500 jardines infantiles JUNJI (Junta Nacional de Jardines Infantiles). Sólo se había publicado la portada, pero sectores religiosos y conservadores reaccionaron apelando al argumento biológico y religioso de que el privilegio de la reproducción y crianza le pertenecen por derecho sólo a hombre con mujer.

Recuerdo a todas las familias heterosexuales que he conocido de cerca en mi vida – incluso la que yo intenté construir – y creo que todos los aspectos positivos que rescato no se relacionan con que la pareja esté conformada por un hombre y una mujer. Tampoco con sus roles culturalmente enmarcados en lo masculino o femenino: Las mujeres de mi familia han sido tan fuertes como sus parejas (a veces más), tienen carácter y son capaces de proveer económicamente, incluso de ser papá y mamá cuando ha existido alguno que, biológicamente, no sintió el llamado “natural” de serlo.

Mamás que no usan tacos todo el día, papás que preparan arroz con carne y son excelentes en las labores domésticas. Niños que prefieren el color morado y no han terminado siendo homosexuales por eso. Papás que trataban de maricones a los homosexuales y tortilleras a las lesbianas y que no lograron que su hija dejara de sentir amor por otras mujeres.

He visto parejas que se sostienen en el tiempo por cualquier motivo, menos por amor. Otras que optan por el respaldo social que les brinda tener cierta vida y que, sabiendo que la felicidad no está ahí, arrastran a todos a su amargura. Hijos de parejas heterosexuales que no son felices ni viven realidades soñadas. No bastan unos pantalones y una falda “bien puestos”, la casa, el perro, las lucas y las promesas ante el oficial del registro civil o la ceremonia ante dios para tener una vida ejemplar.

Lo que indudablemente se necesitan son dos personas que se amen profundamente y quieran con el alma ser padres, sin sentir la presión de ser perfectos o estar en desventaja. No tenemos por qué esforzarnos doblemente, tenemos que hacerlo en la misma medida que lo hace una pareja heterosexual.

Nicolás puede tener papá y mamá, dos mamás, dos papás, sólo papá, sólo mamá o abuelos, pero independiente del grupo familiar al que pertenezca, lo que necesita es sentir que tiene un círculo donde se siente amado, protegido y feliz. Donde lo antinatural son los gritos y la indiferencia, no los besos ni los abrazos.

Papás de domingo

Emocionarme con un músico ambulante es clara señal de que ando sensible. No importa el compositor o si la voz del intérprete “no llega”, sólo importa la letra y la melodía, que siempre se ajusta al sentimiento más fuerte de ese momento. Otras veces, sólo es la excusa para hundirse en la pena por un motivo distinto y hacerlo entre la gente para que nadie lo note.

Ayer volvía a la casa en micro, como siempre que me alcanza la hora punta con mi hijo en la calle. Ya casi llegamos a nuestra parada y nos balanceamos cerca de la puerta. Superviso su manito afirmada y miro el gorrito de lobo que lleva puesto que le regaló su papá. Siendo sincera, no me gusta mucho, pero a él sí. Me imagino que porque es de peluche calientito y el diseño le provoca gracia. Y si él me dice sonriente que es “bacán”, ¿cómo contradecirlo?

En los peldaños, se instala un hombre treintón con una guitarra, pero hay demasiada gente como para un concierto y poca espacio para que alguien no quede sordo o se sienta invadido. A esa hora, más de alguien le hará un desprecio o querrá matarlo. El artista se presenta amable e introduce el tema diciendo que va dedicado a todos esos papás de domingo, que tienen sólo un día para disfrutar a sus hijos. Me parece cliché, incluso una especie de chantaje emocional para algunos que van de vuelta a sus casas, pero a medida que canta, va bajando mi nivel de apatía.

Miro a mi hijo y pienso que desde afuera él también tiene un “papá de domingo”, como muchos de los separados o nunca emparejados. No saben lo mirones que en su caso lo es también martes y jueves y no se escuda en su masculinidad para zafar de algunas labores. Es más, me saca ventaja en varias culturalmente propias de la mujer: lavar, planchar, cocinar, pero también trepar árboles y todas esas cosas que enorgullecen a los niños pequeños, como ser el más fuerte y el más rápido.

Nunca pregunto en detalle que hacen sus 24 horas de sábado a domingo, porque veo a “cejito” llegar con las rodillas verde pasto, transpirado y con una sonrisa gigante (y sin dientes). A él, hasta lo más simple le ilumina el día: comerse una naranja en la feria, salir con su pelota de fútbol al parque, comerse un Centella o subir el cerro Santa Lucía con un jugo en tetra pack y unas galletas. Disfruta mirando niños que aprenden a caminar y, sin medir peligros, acaricia a todo perro callejero que se le cruza.

Chinito me ha dicho que debería ir a “Master Chef” por mi atún con arroz y huevo duro. De su papá ha dicho lo mismo por sus tallarines con salsa y carne. Y yo he explotado en ternura.

– ¿A quién quieres más? – le pregunto sin intención de ganar – y SIEMPRE me mira fijamente y levanta dos dedos de su mano gordita.

Él tiene 6 años y no vive bajo el modelo cultural de familia “bien constituida”. Como papás, hemos crecido junto con él y encontramos la felicidad por caminos separados. “No estaban preparados”, “son unos pendejos”, “¿No pensaste en abortar?”, “Se cagaron la vida”, son algunas de las frases que escuché y vi en los ojos de mucha gente al contar el notición. Yo sólo pienso que lo adoro desde que supe que existía y adoro su pequeña presencia en mi vida.

Ojalá ningún buen papá o mamá tuviera limites temporales para estar con su hijo si así lo quiere. Lo diario en el amor, vale mucho. Preguntar qué tal tu día y si está feliz o triste por algo y quiere compartirlo. Que no tengan que pasar los días, la mente lo borre o se pierda. Que esperar el domingo no sea una tortura y los días hábiles no se llenen de culpa, sino de alegría al recordar a esa persona, que llevamos de la mano en todo momento sin necesidad de tocarla.