Mujeres que aman el helado (pero más a las mujeres)

El día anterior “peleamos” por culpa del helado de crema y galletas. Yo estaba corta de tiempo, pero le había prometido pasar al Bravíssimo más cercano – a eso de las 20 horas del domingo – en busca del último raspado de su amado cookies and cream.

Se me hizo tarde, no pasé y esa noche dormimos dándonos la espalda, en las orillas de la cama. Qué ilusas… como todas las noches, la lejanía entre nuestros pies y respectivas cabezas nos pasó la cuenta, y los muy traidores despertaron tibios y más enredados que nunca.

El lunes empezaba bien y acordamos pasar a comprar un litro de su helado favorito de vuelta del trabajo.

Caminamos hacia la heladería y hago un paneo a lo largo de todo el mostrador. Su sabor estaba, todos los sabores imaginables estaban y una niña de unos 26 años se acerca a atenderme y me saluda con personalidad, especialmente atenta. Toma una de las cucharitas de colores y me dice “¿Quiere probar alguno?”. “Sí, ¡de todos un poco!”, pienso, pero le digo que bueno, indicándole el de Avellana y uno púrpura, con un letrerito que dice Amazón Active. No recuerdo exactamente que tiene, pero es delicioso.

Llega Ella desde la caja y sin titubear pide un 1/4 de frutilla en el fondo y 3/4 del bendito cookies and cream. La niña vendedora nos guiña el ojo y le dice en voz bajita, “Se lo voy a dar bien llenito y con hartas galletas”, con un tono cómplice y clandestino. Sus brazos completamente tatuados ejercen presión sobre la cuchara y deja de hacerlo sólo cuando el helado empieza a chorrear por las orillas del pote.

“¿De cuál va a querer usted?”, me pregunta con ese respeto innecesario entre dos personas de la misma edad, intentando generar una conversación más allá de la venta. “¡Pistacho! y ese otro, el Amazon Active“.

Se le ilumina la cara. Se ríe sola y se sonroja. Me dice que es por lejos uno de los más ricos y que cada vez que le toca trabajar, le llena hasta arriba un pote con ese sabor a su novia. 

“Es que nosotr@s, como trabajamos aquí, podemos tomar todo el helado que queramos”, me dice contenta y entiendo que, por lejos, lo mejor de su día es ver la cara de su mujercita feliz, tan igual a la de la mía unos metros más allá diciéndome con la mano, “vámonos luego, quiero llegar a la casa a cucharear nuestro helado”.