Liberadas en avión

Era mi primer viaje en avión luego de haberme subido a uno cuando LAN era Ladeco y regalaban una maleta de cartón con lápices, dulces y libros para pintar. Tiempos aquellos donde los adultos se llevaban “recuerditos” como copas de coñac, lapiceros y todo objeto con el logo de la aerolínea, robo hormiga que le daba cierta estirpe a tomarse un trago en la casa o firmar un cheque.

Pasaron unos 20 años desde eso y ahora vamos, Ella y yo, a disfrutar nuestras primeras vacaciones juntas: Iquique glorioso. Cuando me lo propone, pienso automáticamente en chumbeques (dulces) y ZOFRI (Zona Franca Iquique) y esos conceptos me bastan para ir al Norte Grande y olvidar lo blancas que tengo las nalgas y el bronceado de jaiba que agarraré en Cavancha.

Luego de varios meses de planificación estratégica, ya estamos la negri y la blanca muy instaladas en el aeropuerto. Ella me enseña lo del Check-in y todos esos trámites pajeros que se hacen dos horas antes de abordar el avión. Yo la miro y la admiro. Ella me mira y se ríe, porque le encanta ver cómo me impresionan todas esas cosas tan cotidianas en su vida de mujer ejecutiva rica jiji.

Nos acercamos al counter y anotamos nuestros nombres en la lista de “liberados”. Los liberados somos los – a veces – suertudos que logramos subir al avión cuando alguien no llega en último momento. Es, en principio, un beneficio soñado para los trabajadores de la aerolínea, pero puede ser también la maldición que te deja tirado en otro país días completos. Yo sé que nos vamos en ese avión, pero Ella pasa dos horas comiéndose las uñas y los dedos.

La niña bien maquillada del counter se pone de pie y nos nombra. Nos miramos con cara de dicha, agarramos las mochilas y corremos como bestias para llegar al avión, pero nos tocan asientos separados: Ella adelante y yo casi en la cola. Me duele la guata y dejo de ser la “Juana” que no le teme a nada.  Ya tengo mareada a la señora que tuvo de mala suerte de quedar al lado mío, contándole que es mi primera vez en avioncito desde los 5 años. Empatiza conmigo, pero me mira con risa y desconcierto.

Debo tenerla completamente chata cuando el avión se prepara para el despegue, pero con instinto de mamá me ofrece su brazo como si me fuera a salvar de la caída del avión. Miro hacia adelante y Ella se empina en los mini pies y me hace las últimas señas de amor sútil antes de ponerse el cinturón. Yo la miro con ganas de llorar, pero muevo la cabeza en señal de estar bien (y que la amo mucho y quiero que lo sepa antes de morir).

El avión despega, se tambalea y le estrujo el brazo a la señora desconocida. Le pido disculpas y su hija de 10 años que va al lado me da clases de madurez. Sólo espero que digan que podemos sacarnos los cinturones un ratito para pararme y hacerle señas a Ella.

Pasan los minutos, miro por la ventanilla y no me la creo: Vamos de vacaciones, vamos en avión. Vamos juntas y Santiago se achica tanto que desaparece. Voy casi todo el vuelo pegada al vidrio y todo me parece grandioso, increíble. Sonrío sola de felicidad. Desearía ir en bus y que la señora a mi lado se baje en alguna de las próximas paradas y así poder apretar la mano de Ella, para que no esté nerviosa y no se coma los dedos como cada vez que tiene miedo y no sabe si las cosas van a salir bien.

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