El andén de enfrente

Hay dos días de la semana en que caminamos juntas a la estación del metro. Me gustan esas mañanas, porque la miro de reojo y le digo lo linda que se ve así, con su piel morenita reluciente por el jabón y un medio moño que hace que su pelo baile con el viento y se seque.

Me encanta reírnos de nuestra respectivas “pintas”: Yo de sus zapatitos Luis XV y ella de mis chalas noventeras, como las que usaba la cantante”Gillette”. Ella después de mi melena que se infla por la humedad y yo de sus cejas que son iguales a cuando tenía dos años.

Así vamos, riéndonos de nosotras mismas, mientras nos tomamos la mano como por casualidad con el meñique. No es tan obvio que la abrace o que le rodee sin querer el cuello o la cintura. Ni que celebre cada gesto, palabra o movimiento suyo.

No tan obvio pasar los torniquetes, darnos un abrazo largo y un beso en las comisuras. Bajar a diferentes andenes, mirarnos cada 5 escalones y reírnos. Estar frente a frente modulando varios “Te amos muchos” hasta que, o se cruzan los trenes o una señora del andén nos lanza fuego por los ojos, porque mira con extrañeza que estas dos mujeres le pongan tanta atención a una rutina tan insignificante como decir: “Nos vemos, hasta luego”.

Llegó el día: Le conté a mi mamá

Mamá y yo

Ya van a ser casi tres semanas desde que me acerqué a ella, la miré y dije: “Ya no puedo mentirte más, no lo soporto”.

Planifiqué tantas veces el momento, las palabras, el lugar, pero nunca dudé de la forma: Tenía que ser frente a frente. Pensaba en invitarla a un café, pero tal vez al mirar su cara complacida iba a preferir tragarme las palabras (aunque la garganta se me hubiera contraído hasta el atoro). Además, ¿cuál es el sentido de un preámbulo tan dulce si va a terminar con una declaración tan amarga? También pensé juntarnos en Parque Bustamante, pero no quería que al mirar a los niños jugando recordara las muchas veces en que yo avanzaba por las barras, tratando de batir mi record con las palmas rojas y con olor a metal.

Imaginaba sus ojos verdes de perfil, que tienen pestañas cortitas y tiesas; en las canas que se asoman debajo de la boina que tanto le gusta usar. Sentía tanto miedo de ese momento en que se levantara de cualquier asiento en el que estuviéramos y ver como se alejaba y la distancia entre nosotras crecía, infinitamente. Me dolía pensar en ella, construyendo por ahí teorías y razones del por qué su hija menor se había enamorado de otra persona “igual que ella“.

Llevaba varios días con la idea de que era el momento. En un par de meses se cumplirán tres años de relación con Ella; treinta y cuatro meses de ser muy feliz y no poder expresarlo a quienes más querían escucharlo. Estaba en Santiago y ellos ya no, pero mis días de agotamiento ahora encontraban unos brazos me reponían de toda esa energía gastada. Me sentía – y aún me siento – completamente amada, como uno siempre sueña que lo será algún día. Y yo, adorando como nunca antes a un ser humano, a una compañera en toda su dimensión.

Son las 4 p.m del primer sábado de Febrero y mi mamá lava los platos del almuerzo. Yo estoy sentada en el sillón del living y la veo de espalda. No me gusta que tenga 60 años y siga refregando los platos de todos los que comemos. Usa una polera sin mangas y tiene los brazos muy quemados por el sol – no bronceados – porque es blancucha, igual que yo. Tiene las piernas delgadas y su contextura es tremendamente parecida a la mía. Eso si, ella es mucho más bonita y, a mi edad, me pegaba cien mil patadas en la raja en sus fotos con bikini de calzón grande en la playa de Constitución.

Me levanto del sofá, camino hacia ella y me paro a su lado.

” -Ya no puedo mentirte más” –  y la miro, queriendo identificar alguna expresión en su cara.

” -Dígame pues, ¿qué pasó?, ¿por que está así? – responde tranquila.

“- Es que tengo miedo, no me atrevo”.

Mi hermana sale del baño, me doy vuelta y me desplazo sin rumbo por el living para disimular. Pasa un buen rato y de nuevo quedamos solas con mi mamá. Con un gesto de mano, me dice que vaya y entre a su pieza.

“Listo, ahora dígame, ¿qué pasa?”

“Es que no me atrevo, me da miedo” –  y muevo las piernas con una sonrisa nerviosa y ridícula que veo en el espejo de la toilette.

” – Está con alguien, ¿es eso?”.“Si fuera eso, no sería tan terrible. Sería muy normal”.

” – Está con alguien igual que usted”.

Asiento con la cabeza y con los ojos llorosos le pido que , por favor, no me deje de querer. Que soy la misma persona que conocía hasta ese preciso momento.


“¿Cómo la voy a dejar de querer? Yo la amo, la adoro y eso nunca va a cambiar. Usted es mi hija y yo, aunque a veces no comparta su forma de hacer las cosas, siempre voy a estar ahí para decirle mi punto de vista y tome lo que usted decida tomar”. 


No necesito explicar en detalle lo que pasó después de esa conversación con ella. Desde ese día, siento como el cuerpo y la mente me pesan menos. Sin ninguna duda, tener esa reacción de su parte fue hermoso e inesperado. Sin embargo, la “aprobación” y el apoyo de ella y los demás no es, en ningún caso, la confirmación de que no estamos tan equivocados.

Se hacía tarde y tenía que volver a Santiago. Metí mis cosas en la mochila y me subí a la moto con mi papá, porque los buses quedan un poco lejos de la parcela. Con el casco puesto, miro hacia atrás y ahí está ella, en el frontis de la casa mirándome dulcemente como queriendo decir:

Vaya tranquila, todo va a estar bien. Te amo, hija.