Papás de domingo

Emocionarme con un músico ambulante es clara señal de que ando sensible. No importa el compositor o si la voz del intérprete “no llega”, sólo importa la letra y la melodía, que siempre se ajusta al sentimiento más fuerte de ese momento. Otras veces, sólo es la excusa para hundirse en la pena por un motivo distinto y hacerlo entre la gente para que nadie lo note.

Ayer volvía a la casa en micro, como siempre que me alcanza la hora punta con mi hijo en la calle. Ya casi llegamos a nuestra parada y nos balanceamos cerca de la puerta. Superviso su manito afirmada y miro el gorrito de lobo que lleva puesto que le regaló su papá. Siendo sincera, no me gusta mucho, pero a él sí. Me imagino que porque es de peluche calientito y el diseño le provoca gracia. Y si él me dice sonriente que es “bacán”, ¿cómo contradecirlo?

En los peldaños, se instala un hombre treintón con una guitarra, pero hay demasiada gente como para un concierto y poca espacio para que alguien no quede sordo o se sienta invadido. A esa hora, más de alguien le hará un desprecio o querrá matarlo. El artista se presenta amable e introduce el tema diciendo que va dedicado a todos esos papás de domingo, que tienen sólo un día para disfrutar a sus hijos. Me parece cliché, incluso una especie de chantaje emocional para algunos que van de vuelta a sus casas, pero a medida que canta, va bajando mi nivel de apatía.

Miro a mi hijo y pienso que desde afuera él también tiene un “papá de domingo”, como muchos de los separados o nunca emparejados. No saben lo mirones que en su caso lo es también martes y jueves y no se escuda en su masculinidad para zafar de algunas labores. Es más, me saca ventaja en varias culturalmente propias de la mujer: lavar, planchar, cocinar, pero también trepar árboles y todas esas cosas que enorgullecen a los niños pequeños, como ser el más fuerte y el más rápido.

Nunca pregunto en detalle que hacen sus 24 horas de sábado a domingo, porque veo a “cejito” llegar con las rodillas verde pasto, transpirado y con una sonrisa gigante (y sin dientes). A él, hasta lo más simple le ilumina el día: comerse una naranja en la feria, salir con su pelota de fútbol al parque, comerse un Centella o subir el cerro Santa Lucía con un jugo en tetra pack y unas galletas. Disfruta mirando niños que aprenden a caminar y, sin medir peligros, acaricia a todo perro callejero que se le cruza.

Chinito me ha dicho que debería ir a “Master Chef” por mi atún con arroz y huevo duro. De su papá ha dicho lo mismo por sus tallarines con salsa y carne. Y yo he explotado en ternura.

– ¿A quién quieres más? – le pregunto sin intención de ganar – y SIEMPRE me mira fijamente y levanta dos dedos de su mano gordita.

Él tiene 6 años y no vive bajo el modelo cultural de familia “bien constituida”. Como papás, hemos crecido junto con él y encontramos la felicidad por caminos separados. “No estaban preparados”, “son unos pendejos”, “¿No pensaste en abortar?”, “Se cagaron la vida”, son algunas de las frases que escuché y vi en los ojos de mucha gente al contar el notición. Yo sólo pienso que lo adoro desde que supe que existía y adoro su pequeña presencia en mi vida.

Ojalá ningún buen papá o mamá tuviera limites temporales para estar con su hijo si así lo quiere. Lo diario en el amor, vale mucho. Preguntar qué tal tu día y si está feliz o triste por algo y quiere compartirlo. Que no tengan que pasar los días, la mente lo borre o se pierda. Que esperar el domingo no sea una tortura y los días hábiles no se llenen de culpa, sino de alegría al recordar a esa persona, que llevamos de la mano en todo momento sin necesidad de tocarla.

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Chile somos todos

En estas fechas, se nos ablanda el corazón y le vemos todo lo lindo al Chile que odiamos el resto del año. Por estas mini vacaciones, soportamos todo: El “taco”, las filas, el despilfarro y la acidez estomacal. Los borrachos son folclor y nos sentimos pueblo por zapatear una cueca y menearnos con una cumbia. Y si terminamos más gordos no importa, porque la llegada del lunes nos va a equilibrar el metabolismo a punta de estrés.

En fiestas patrias, los políticos construyen discursos lúcidos, llenos de conciencia social y esperanza y uno se emociona como niño ingenuo mirando las transmisiones idénticas por televisión abierta. Qué alegría…por fin este pueblo tan maldito en la convivencia y/o indiferencia diaria tiene posibilidades de quebrarse y ese “Nuevo Chile” llegará antes de que seamos demasiado viejos para disfrutarlo.

¿Cuántas autoridades en estos actos oficiales sentirán un compromiso sincero con su pueblo, aun estando en el lado de los favorecidos? Trato de pensar que ni todo el patrimonio económico, influencia y poder resuelven sus problemas y que la cabeza también les trabaja para solucionar sus propios desastres íntimos y en la ducha piensan el día que se les viene encima.

Es triste reconocerlo, pero cruzo los dedos porque nuestras familias hayan visto el discurso y escuchado la lista de grupos que conforman el Chile de hoy y las luchas que libran a diario por una vida más justa. No saben o no quieren saber, pero dentro de ellas, también estamos nosotras. No importa si les gusta o no, pero quiero que lo sepan de todas las bocas posibles y les entre aunque sea por cansancio.

Si me regalaran un deseo “dieciochero”, sería llegar con ella del brazo a una comida familiar y compartir con ellos todo lo lindo que le está pasando a nuestras vidas. Pero más que verme a mí en ese cuadro, la imagino a Ella, a sus papás abrazándola y dándole besos en el pelo. No pierdo la esperanza de ver su cara reconfortada, agradeciéndole a la vida por un poco de justicia tardía, pero cierta.

Casi siempre es así por acá, tienen que explotar tragedias para que surjan soluciones concretas. Ley Zamudio, Ley Emilia, y vamos sumando leyes con nombres de víctimas de la injusticia y la omisión. Qué bueno que la pena no es causal de muerte, porque esa ley tendría un nombre infinito de todos lo que no pudieron vivir la vida en el país que amaron, al que le dieron una oportunidad, el que no quisieron cambiar por uno “mejor”.

Por mi parte, me quedo. No me resigno a ser una pobre infeliz auto-exiliada por mis miedos.

Quiero mi vida plena y la quiero acá.

Sexo con Amor (la película que no ví)

El mejor horario para ir al cine es la mañana y el único día en que nos alcanza para la entrada es el miércoles. A Ella le dan mesada yo, en cambio, invento cuotas de curso impagas, materiales para Artes Plásticas y así armo mi “semanada”. Ya con los planetas alineados y cinco mil pesos en el bolsillo, nos alcanza perfecto para una escapada de dos en el centro de Santiago.

No voy mucho al cine, así que estoy ansiosa y feliz. Por fin son las 13:15 hrs y salimos rápido del colegio, cada una con una tenida “de calle” en la mochila y en dirección al baño del hospital que queda cerca. Nos cambiamos, nos damos todos los besos guardados y salimos rápido, antes de que alguien nos eche abajo la puerta.

Recuerdo perfecto su ropa ese día: Un pantalón cuadrillé y un chaleco con líneas horizontales, todo muy colorido, ajustado y me da vergüenza mirarla. Me tiento de risa, pero trato de disimular para que no se malentienda y los frenillos no se me vean tanto. Ahí vamos por fin, dos niñas rodeando el Cerro Santa Lucía en dirección al cine que queda en Huérfanos con Mac Iver.

No tengo idea que hay en cartelera y lo único que importa es que la función empiece luego, así las horas de desaparición no serán tantas. Veo un afiche gigante de la Sigrid Alegría en pelota con las piernas cruzadas y ya con el ticket en la mano me pregunto qué hago ahí. Subimos al segundo piso por una de las dos escaleras torcidas y llegamos al centro, a la sala más grande.

Mientras subimos por las butacas tirito de miedo, pero ella me lleva a un lugar que no tiene idea, uno que nunca más podré borrar de mi memoria. Nos sentamos justo al medio en la última fila de la sala y en la oscuridad puedo ver que sólo hay una par de personas más adelante. Miro mi Nokia 5110, más conocido como “ladrillo”, y tengo muchas llamadas perdidas de mi mamá. Lo apago sin pensar, con la excusa – en esos años creíble – de la falta de batería.

Ya tenemos nuestra hora y media de libertad y tranquilidad. Empieza la película y trato de concentrarme, aunque Ella me mira fijo, sin ninguna excusa. Yo la miro intermitente, mientras la luz del telón dibuja su cara, dulce y evidente. Extiende su mano hacia mí y no sé cómo hacerla adivinar que es mi primera vez así, a oscuras y sintiendo que mi voluntad no era nada cuando la tenía a mi lado.

Más hundidas en las butacas, nos abrazamos y mientras suena la canción pegajosa de Los Petinellis, me giro hacia la izquierda. Al compás de “Sexo con Amor”, nos juntamos en un beso exquisito. Con los ojos cerrados, quisiera quedarme en sensación alucinante para siempre, pero no, no se puede, y la trama va muchos pasos más adelante que yo.

Ya casi termina la película y es como si una locomotora bajara paulatinamente la potencia con la que avanza. La hora y media de felicidad se me escapa, y los gestos placenteros en la oscuridad se endurecen con la luz del día.

Quiero volver, que se repita todos los días, pero no podemos juntar esos cinco mil todos los miércoles, el celular no puede descargarse con puntualidad y los planetas no van a alinearse tan fácil de nuevo. El afiche de la Sigrid lo van a sacar y Álvaro Henríquez ya no podrá darme el empujón que necesito para caer en los brazos de Ella, con muchas ganas de Amor y tal vez de Sexo, pero inconsciente, inocente e imaginario.

Amarla es

 Saber que un pecho seguro no tiene que ser duro

Que dos manos pequeñas abarcan superficies infinitas

Que su piel tostada es entre todas mi favorita

Y sueño respirar el aire de su boca ocho horas seguidas

 

Que su belleza distraída no necesita perspectiva

Y sus cejas marcadas me hunden más en sus ojos

Que me gusta jugar con su nariz entrometida

Mirarla entre parpadeos y reír entre sonrojos

 

Saber que juntas no sumamos, multiplicamos

Desbordamos de objetos espacios fríos y vacíos

Metros cuadrados que nos siguen donde caminamos

Y hacemos templos de amor de lugares sombríos

 

Pensar que la poesía es vana y mentirosa

Y el verso un bloque limitado, perverso

Pero demostrarle con terquedad empeñosa

Que puedo encajar la eternidad por un sólo beso.

 


 Lo intenté! 🙂

Entonces, ¿Qué eres tú?

Varias amigas creen que todos los seres humanos somos bisexuales y que si no lo hemos experimentado es netamente por un tema cultural. Yo pienso que es difícil definir categorías sexuales, porque muchos ni siquiera buscan encajar en alguna de ellas y viven tranquilos desapegados de cualquier normativa social, moral o cultural.

Como pienso que existen tantas posibilidades como personas en el mundo, no defiendo con pasión mi postura y sólo busco las respuestas que me ayudan a vivir una vida feliz, tranquila y cuidadosa, para no dañar a costa de mi felicidad a quienes amo.

“Entonces, ¿qué eres tú?”, me han preguntado (cuando son cercanos no me molesta), pero no deja de parecerme una duda mal formulada. Lo primero que pienso es soy muchas cosas y sólo una de ellas tiene que ver con mi orientación sexual: Soy mujer, mamá, periodista; soy perseverante, tímida con los desconocidos y desenvuelta con los míos, entre millón de otras cosas buenas y no tanto.

Pero, ¿En qué medida el amar a otra mujer me determina como persona?, ¿Me suma o me resta algo?, ¿Es relevante ese dato para alguien que no es mi pareja? Lo deprimente de estas preguntas es que podría recibir un “sí”. Amar a otra mujer probablemente me cueste perder muchas de las victorias que pude tener hasta hoy y deba aceptar las consecuencias de este repentino cambio de imagen.

¿Volveré a ser nombrada en la mesa como ejemplo de perseverancia?, ¿Dejaré de ser vista como una buena mamá? y finalmente, ¿Tendré que dejar de lado al amor de mi vida para conservar este aprecio? Después de dos años pensándolo, me parece triste e injusto estar dispuesto a negarse con tal de recibir amor y respaldo de tu núcleo cercano. El amor no vale nada si no existe confianza y verdad entre las partes.

He amado dos veces y ambas historias han sido reales. No sirvo para guardar apariencias y no puedo con incomodidad de la omisión. Con 26 años, hay sólo un miedo que me frena y es el de evitar por todos los medios que mi hijo reciba toda la mierda de esta sociedad. Me aterra pensar que deba enfrentarse al mundo a tan corta edad, pero también sé que no puedo evitarle todas las penas y dolores que implica crecer y conocer la realidad en toda su dimensión.

De cualquier forma, no hay salvación: Si no es por gordo, será por flaco, dientón, colorín o moreno. Si es guapo tal vez lo tildarán de gay y si es buen alumno será el “loser”. Afortunadamente, no nos construímos en base a los calificativos que se nos adjudican a lo largo de nuestra vida, sino sería horrible: Seríamos un Frankenstein de lindo pelo, ojos rojos, buenas piernas y cara fea. Yo creo que ni la mente más creativa puede llegar a imaginar todo lo que se ha dicho sobre nuestra propia humanidad.

Yo como mamá, periodista, blanca que ama a morena, pecosa y sin muchas curvas, soy muy feliz. Y si a la vista de esos ojos café/ojerosos/hermosos soy la más linda, no necesito más.